


La teoría del carrito de supermercado lleva años circulando por internet
Su pregunta sobre lo que hacemos cuando nadie nos obliga que es más importante de lo que parece

La Psicologia Sugiere Que Las Personas Que Siempre Devuelven El Carro De La Compra A Su Lugar Designado En El Supermercado Tienen Algo En Comun La Clave No Esta Solo En Ser Ordenados

Lo llaman la teoría del carrito de la compra y, de lejos, me parece una de las mejores formas de entender nuestra sociedad que se ha escrito hasta hoy. La idea es tan simple como partir de lo que hace la gente cuando ha acabado de hacer la compra y ya tiene las bolsas en el coche. En ese momento, cuando toca devolver el carro a su sitio del supermercado, es donde la psicología encontró magia.
La clave está en que no hay ninguna norma que impida que simplemente dejes el carrito ahí. Puede que tengas la fila de carros justo al lado o te toque caminar varios metros, pero nada te frena a soltarlo ahí en medio y seguir con tu vida como si nada hubiera pasado, y desde luego tampoco hay un premio especial para quienes deciden recogerlo.
La teoría del carro de la compra
No hay una multa, no se te prohibirá coger un carro la próxima vez que vayas al supermercado, y probablemente nadie vendrá a recriminarte no haberlo llevado a su sitio. Y sin embargo, lo haces como parte de una responsabilidad social. O no, claro, ahí es donde entran los expertos en psicología y antropología.
Allá por 2017, la antropóloga Krystal D’Costa llegó a descubrir cinco tipos de personas dependiendo de cómo se enfrentaban a la teoría del carro de la compra. Estaban, por supuesto, los que siempre devuelven el carro a su sitio como parte de esa responsabilidad y, por otro lado, quienes nunca lo hacían porque consideraban que no era su trabajo.
Esta fotografía fue publicada por LIFE Magazine en la década de 1950. Era parte de un reportaje sobre cómo los animales ayudaban a niños hospitalizados
Junto a ellos, en el estudio aparecían los que sólo lo devolvían si la fila de carros estaba cerca, los que sólo lo hacían si había alguien mirando, y quienes lo hacían por sus hijos porque llevarlo era una suerte de juego. La separación planteaba un desafío sociológico que iba más allá de lo que había alcanzado la teoría, la duda sobre hasta qué punto hacemos lo correcto porque realmente queremos.
D’Costa se agarraba a un estudio publicado en la revista Science para demostrar hasta qué punto esa forma de actuar está relacionada con lo que nos rodea. El experimento implicaba dejar cuatro carros abandonados en un aparcamiento y colocar folletos en los coches para ver qué hacía la gente al regresar a ellos.
Lo que la psicología dice sobre devolver el carro de la compra
Investigadores de la Universidad de Groningen descubrieron que, con los carros abandonados, el 58% de las personas tiraba el folleto al suelo al encontrárselo en el coche. Cuando los carros estaban todos bien recogidos, en cambio, la cifra de incívicos bajaba hasta el 30%.
Digamos que, si otros habían incumplido las normas, el caos generado empujaba a la gente a seguir ese ejemplo, mientras que si ocurría todo lo contrario, el efecto también les empujaba a hacer el bien. Como en la teoría del carro de la compra, no había ni premio por hacer lo correcto ni un castigo evidente por no hacerlo, pero más allá de la brújula moral de cada uno, el resto de la sociedad les empujaba hacia un lugar o hacia otro. La Policía ya pone multas en dron: es monoplaza, pesa 86 kg y alcanza los 102 km/h, pero sólo puede volar durante 20 minutos
No deja de ser curioso que un gesto tan aparentemente insignificante pueda tener consecuencias colectivas tan grandes. Justo ahí, en esa responsabilidad de grupo, es donde la teoría del carrito de la compra nos invita a reflexionar. Donde entra en juego buena parte de la situación del mundo actual, desde el odio en redes hasta el ensañamiento público frente a otros.
Es cierto que devolver o no el carro de la compra no nos convierte automáticamente en una buena o en una mala persona, principalmente porque hay muchas variables implicadas, desde un temporal hasta vigilar a un niño, que pueden incidir en ello. Pero lo que sí demostraba era que, si buena parte de quienes nos rodean se comportan como energúmenos, la probabilidad de que nosotros también lo hagamos crece varios enteros.


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