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Juan David Velasco, investigador: “La derecha necesitaba dejar morir al uribismo para volver al poder”

Colombia eligió este domingo a Abelardo de la Espriella como presidente de la República, pero el poder real rara vez vive en la Casa de Nariño. 
Mundo23/06/2026 Valentina Parada Lugo

Detrás del gobernante de turno operan élites económicas, políticas, empresariales y tecnocráticas que moldean el futuro del Estado y del país con movimientos rara vez visibles. A la eterna pregunta de quién manda en Colombia se le podrían dedicar días enteros. Juan David Velasco Montoya y Jenny Pearce, investigadores sociales, le dedicaron un libro, el más vendido de la Feria Internacional del Libro de Bogotá de Mediapluma Editorial y del que han vendido unas 4.000 copias en poco más de dos meses. La obra busca explicar cómo se entretejen las élites colombianas y cómo se distribuyen el poder y la riqueza.

Juan David Velasco Montoya (Pereira, 35 años) habla pausado y sereno, pero no titubea. Lleva cinco años investigando a las élites colombianas: quiénes son, cómo se conforman, qué poder tienen, cómo lo heredan. Las ha dividido en cuatro categorías - las élites políticas, las empresariales o económicas, las tecnocráticas y las gremiales - pero parte de la base de que se entrecruzan para perpetuarse. Es becario del London School of Economics and Political Science y docente de la Universidad de El Bosque. Su primera obra ha levantado callo en algunas esferas de poder, pero explica a los lectores que no busca demonizar a nadie.image

Quién manda en Colombia inicia con una pregunta detrás de la pregunta: ¿por qué los intentos de transformación casi siempre terminan fracasando? Velasco y Pearce rastrean los grandes momentos reformistas del país desde 1936 con la Revolución en Marcha del expresidente Alfonso López Pumarejo; pasa por el Frente Nacional, la Constitución de 1991, el Acuerdo de Paz del 2016 y el paquete de reformas sociales que propuso el presidente Gustavo Petro. Encontraron un patrón: las reformas se pausan, se negocian hasta vaciarse, se revierten con el tiempo o terminan por no implementarse.

Lo que cambió, dice Velasco, fue la estrategia. La senadora uribista Paloma Valencia se corrió hacia el centro y De la Espriella ocupó el espacio del electorado más duro de la derecha. “Eso prácticamente les garantizó el triunfo, porque la izquierda quedó sola en su nicho, sin ningún sector que se sumara”. Su lectura es directa: “La derecha sabía que el uribismo tenía que morir para volver al poder. Lo veo como una decisión táctica del uribismo, de toda la derecha y de las élites para ganarle a Petro y Cepeda”.

Velasco aplica esa misma lógica al analizar lo que ocurrió en las urnas en las dos vueltas presidenciales. Para él, los resultados no fueron sorprendentes ni anómalos: es la misma historia de siempre, con actores nuevos. “Quien analice los municipios donde ganó De la Espriella encontrará una geografía política muy estable: es el mismo mapa del plebiscito por la paz de 2016; el que le dio la victoria a Iván Duque en 2018; el mismo que votó por Rodolfo Hernández en 2022. Es un electorado de derecha muy estable”.

Juan David Velasco durante una entrevista en Bogotá.© Andres Galeano ANDRÉS GALEANO (Andrés Galeano)

Velasco traza otro paralelo histórico cuando explica que De la Espriella utilizó la fórmula que llevó a Álvaro Uribe Vélez al poder en 2002: alejarse con el establecimiento en el discurso mientras se mantiene profundamente conectado con las élites en la práctica. Uribe renunció al Partido Liberal, se lanzó por un movimiento ciudadano, hablaba de los “señoritos bogotanos”, llegaba a las regiones con un discurso antiélite. Y, sin embargo, no hubiera gobernado sin ellos. Abelardo también niega tener partidos tradicionales detrás, habla de ‘los nunca’, dice que es un outsider, pero tiene a muchas constelaciones de élites detrás”.

Aunque la coyuntura ha cambiado, la estrategia, dice Velasco, es la misma. “Uribe hablaba del fracaso del Caguán para vendernos la Seguridad Democrática. Ahora Abelardo tiene su propio Caguán: la paz total. Uribe utilizaba mucho la palabra milagro en su campaña, igual que De la Espriella”. La cercanía con Estados Unidos, la narrativa de redención, la apropiación de símbolos patrios, la redención de las Fuerzas Militares y la idea de colapso tienen el mismo sello, aunque con matices: “Todo esto va adaptado a la tendencia de extrema derecha en América Latina y el mundo, que debíamos haber previsto que se asomaba, pero que la izquierda de este país ignoró hasta que Abelardo sacó la mayor votación en primera vuelta”.

La definición que le encuentra al ahora presidente electo es contundente: “Abelardo no es ningún outsider, es un insider. Ha sido abogado de todos los sectores de las élites de Colombia". Pero su campaña ha apelado más a la clase media; Velasco es enfático en que el respaldo de las élites, por sí solo, no basta para ganar. En Colombia, ese electorado aspiracional, conservador por naturaleza pero permeable al cambio, es fundamental para el triunfo y abandonarlo fue, precisamente, el error que, dice, cometió el progresismo. “La clase media resiente profundamente la improvisación y las medidas que la afectan directamente”.

En el libro, Velasco defiende la tesis de que el gradualismo ha sido uno de los obstáculos históricos de las reformas sociales en Colombia. Advierte que los países que han dado grandes saltos de desarrollo lo lograron rompiendo momentáneamente con la creencia de que los cambios deben ser incrementales, pero lo hicieron de forma consensuada y planificada. Pone como ejemplo el New Deal de Roosevelt, Taiwán en los 80, Vietnam o China. La negativa de Colombia a ellos es una singularidad, otro de los conceptos que el libro aborda ampliamente, y la razón por la que los ciclos reformistas han terminado pausados o revertidos. “Le pasó a Uribe, que llegó arrasando, pero la Corte le tumbó el estatuto antiterrorista. Le pasó a Santos, que apeló al pueblo con el plebiscito y fracasó. Seguramente le va a pasar a Abelardo: se va a encontrar con una Fiscalía, un Congreso resistente, unas altas cortes que lo van a frenar y, eventualmente, una movilización social”.

Velasco señala que los gobiernos han hecho transacciones para sacar adelante sus propuestas, y recuerda que las mismas élites que respaldan a un político en campaña, pueden luego frenar su administración. Por eso es enfático en decir que el poder del Ejecutivo es limitado, que la banda presidencial no alcanza para gobernar un país. Esa lectura le explica por qué De la Espreilla eligió como fórmula vicepresidencial al economista José Manuel Restrepo. “Es de esa élite tecnocrática que les da confianza a las demás”.

En esa tesis, el lugar de Estados Unidos en la ecuación no es menor. “Sin el Plan Colombia y la ayuda financiera estadounidense entre 1991 y 2022, las élites colombianas habrían tenido que asumir seis reformas tributarias adicionales”, afirma el autor. Es decir, Washington no solo ha sido un socio geopolítico, sino un escudo fiscal. “Las élites miran hacia Estados Unidos con un temor reverencial y una subordinación pragmática”. Buscan proteger sus intereses, su capital y su visa. “Le quitan la visa a alguien de la élite y entran en pánico. El apoyo que ha dado Donald Trump activa el autointerés y el temor reverencial al tiempo”, advierte.

Esa misma lógica ayuda a entender, por contraste, qué le pasó al Gobierno Petro. El investigador explica que personas sin el perfil habitual llegaron a posiciones de élite, al ser ministros o embajadores. “Fue un cambio político real que no se puede menospreciar.” Pero la singularidad colombiana, dice, cobró su peaje. También la corrupción, el clientelismo y la politiquería del Gobierno. Aunque Petro buscó concertar con las élites políticas y gremiales, encontró resistencia. Ahí viró hacia la movilización social para encontrar que no había un gran movimiento que lo apoyara. “Quedó atrapado en ese sánduche: aislado de las élites tradicionales, y con un respaldo popular segmentado que no se tradujo en un gran movimiento social como él quería”.

De la Espriella se encontrará, tarde o temprano, con alguna de las fuerzas que el libro describe: las élites económicas, el Congreso, las cortes o la calle. La singularidad colombiana no ha hecho excepciones.

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