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Los dilemas de la agronomía: Fernando García pide “prender los faros largos” y que el cuidado del suelo salga de los congresos para llegar a ser aplicado efectivamente en los campos

Fernando García pide que no lo traten de usted. Le parece que esa formalidad, que otros podrían interpretar como una señal de respeto, empieza a sonar a despedida. “Me están dando la salida”, bromea.
campo24/10/2026 Bichos de Campo

Después de 45 campañas (así cuenta este profesional sus años de carrera) como agrónomo, este reconocido especialista en suelos y nutrición de cultivos todavía tiene unas cuantas cosas para discutir. Una de ellas es por qué cuesta tanto llevar al campo lo que se dice sobre sustentabilidad arriba de los escenarios, en los congresos especializados.image

“Yo creo que hay muchos progresos”, reconoce ante Bichos de Campo. Pero enseguida introduce una incomodidad que alcanza a sus propios colegas: “Muchas veces el progreso es en este ámbito. Me estoy refiriendo a jornadas, congresos, y a mí me gustaría ver un poco más de progreso una vez que cruzamos la puerta de salida”. Es decir, no tanta palabra y más prácticas sostenibles en los campos.

Esta observación resume uno de los dilemas de su profesión: hay que conocer las prácticas que permiten cuidar los recursos y conseguir que esas recomendaciones sobrevivan a las urgencias de cada campaña. García encuentra una explicación recurrente para que esto no siempre suceda, aunque no se resigna a aceptarla: en la Argentina la coyuntura siem0pre termina gobernando las decisiones de muchos productores.

Mirá la entrevista:

La historia de Fernando García con la agronomía empezó bastante lejos de los congresos y también de una explotación familiar. Se define como uno de esos “city boys”, es decir chicos de ciudad que eligieron estudiar una carrera agropecuaria sin haber crecido en el campo. En su caso, la vocación se alimentó de los relatos de una abuela “castellana” que había sido campesina antes de llegar a la Argentina desde su España natal.

“Su pasión por el campo me la transmitió totalmente”, recuerda el agrónomo.

La otra razón era una necesidad propia: estar afuera, sentirse libre. En los alrededores de Buenos Aires, donde creció, se sentía un poco “encorsetado”. Con su esposa, también ingeniera agrónoma, encontró una manera sencilla de nombrar esa afinidad: “Tenemos la pasión por el verde”.

“Nosotros salimos a la ruta y ya estamos como en casa”, cuenta. Mirar los campos sigue siendo parte del disfrute, incluso después de tantos años de trabajo.

Desde esa pertenencia elegida, García propone una definición del aporte que puede hacer un agrónomo. El agricultor tiene una experiencia que considera “valiosísima” e “inigualable”. El profesional suma evidencia científica: investigación que se pone en diálogo con ese conocimiento acumulado para producir mejor.

La utilidad de la profesión aparece en esa interacción, es decir no en imponer sino en complementar al agricultor. Y también de ese juego aparece la “responsabilidad” de los profesionales, porque la búsqueda de eficiencia necesita contemplar las consecuencias de las decisiones productivas.

Respecto de los cuestionamientos sociales que se escuchan hacia la agricultura, García distingue entre la finalidad y los métodos. “Producir alimentos es muy noble. Cómo producirlos puede ser muy malo o muy bueno”, plantea.

Ahí ubica el trabajo pendiente: conseguir alimentos sanos y nutritivos, cuidar a las personas y evitar daños sobre el ambiente y la sociedad. Después de 45 campañas, dice, eso es lo que quiere seguir buscando y transmitirles a las generaciones que vienen.

El suelo ocupa un lugar central en esa preocupación. García invita a mirarlo más allá de su capacidad para sostener una cosecha: recuerda sus funciones en la regulación ambiental, el almacenamiento de carbono y otros procesos de los que depende finalmente la vida humana sobre la tierra.

“Cuidar el suelo es conservar el capital”, afirma. tratando de crear más conciencia entre los propios productores y los dueños de los campos, que no siempre reparar en este aspecto de la discusión.

En ese sentido, el especialista tiene claro que el horizonte de una campaña agrícola queda demasiado corto para dimensionar lo que está en juego. El suelo perdido por erosión no se recupera dentro de los plazos con los que trabaja un productor, ni siquiera dentro de la extensión de varias décadas de una vida humana. “El suelo que hoy perdemos por erosión no vuelve nunca más”, advierte.

Incluso hace una autocrítica desde su especialidad, ya que quienes trabajan en fertilidad pueden concentrarse tanto en los balances de nutrientes que otros problemas quedan relegados en la conversación. García reclama mantener presentes la erosión, la desertificación y la caída de materia orgánica en todos los análisis.

Saber todo eso, sin embargo, no garantiza actuar en consecuencia. Por eso su pedido de que los avances atraviesen la puerta de los congresos también está dirigido hacia adentro de la agronomía. “¿Y a nosotros mismos, no? Porque a veces por ahí lo decimos mucho y, por alguna circunstancia, siempre está la coyuntura”, lamenta.

Para discutir esa subordinación al corto plazo, recurre a experiencias que conoció. Habla de productores y asesores que sostuvieron las rotaciones, la siembra directa, los cultivos de cobertura y la nutrición balanceada aun cuando los precios invitaban a cambiar el plan.

Según García, esos casos muestran que cuidar el sistema productivo también puede dar finalmente buenos resultados económicos. No acepta que la urgencia sea siempre un argumento suficiente para abandonar una estrategia respaldada por la experiencia y la evidencia.

Tampoco lo considera una exclusividad argentina. Observa esa inclinación a decidir por la coyuntura en otras agriculturas del mundo.

-¿El cortoplacismo es enemigo de una buena agronomía?

-Siempre, siempre.

Su recomendación es “prender los faros largos”. Pensar qué pasará con el suelo, el agua y los recursos genéticos cuando quienes hoy toman las decisiones ya no estén. Para explicarlo vuelve a su propia familia: las historias de su abuela remite a un siglo atrás, mientras que sus tataranietos tendrán que seguir trabajando con los recursos que esta generación les deje.

De lo que está seguro que siempre será más necesaria la ciencia y la tecnología. Precisamente por eso le preocupa el futuro de las instituciones que generan conocimiento, como el INTA y el Conicet. “No veo bien que los estemos reduciendo. Realmente me parece que es pegarnos un tiro en los pies”, expresa.

Su argumento está ligado al mismo problema que atraviesa toda la charla: para decidir cómo utilizar los recursos y cómo preservarlos hace falta conocimiento. Debilitar esa capacidad compromete las herramientas con las que deberán trabajar los próximos agrónomos y productores.

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